jueves, 5 de diciembre de 2019

Bailar, movilizar, incomodar: infinitivos para volver a creer y crear


Partiendo del concepto de estereotipación como parte del mantenimiento del orden social y simbólico que establece una frontera simbólica entre lo normal y lo desviante, lo patológico, lo inaceptable (Hall, 2010) tomaremos el caso de Bartolina Xixa, una drag queen del norte del país, que a través del arte representa su cultura y rompe con los estereotipos de belleza, incluso con la misma cultura drag. La elección de la identificación con Bartolina Sisa Vargas tiene para Maximiliano Mamaní, una fuerza cultural y combativa importante en su “lucha-movimiento”, ya que se trata de una heroína comandante aymara que participó en la rebelión contra el imperio español.
Maximiliano Mamaní / Bartolina a través de la teatralización intenta romper con las construcciones sociales existentes, ya que, aunque pareciera que nuestras sociedades están aceptando la diversidad, Maximiliano nos demuestra que nos falta mucho para hablar de una verdadera aceptación y convivencia con la otredad. Bartolina representa al “otro” al que está fuera de lo que se considera “normal”, se construye como excluida, desde un exilio simbólico, donde en ella confluyen diferentes concepciones como la de género, cuerpo y sexo.
  Bartolina, es más que una construcción personal, se trata de una identidad colectiva que representa a muchos oprimidos (callados, censurados) por el poder hegemónico que impone la sociedad, tomando poder no solo como coercitivo sino también como productor de nuevas clases de conocimiento, de nuevos discursos abriendo un abanico enorme a las nuevas posibilidades de expresión cultural,  y es ahí donde entra el otro, ya que, es esencial para darle sentido a la existencia de aquello considerado “normal”, para establecer la diferencia, la oposición.
Bartolina reclama desde su lugar, como cholita norteña, el reconocimiento no solo de su identidad sexual, sino de su cultura y su origen. Maximiliano elige también, para autoidentificarse la palabra marica, la despoja de su semántica negativa, para connotarla de un sentido identitario y decir a viva voz “soy marica, negro e indígena”. Su discurso lo posiciona desde una periferia combativa, que a través del arte desea movilizar las lógicas heterosexuales, binarias, y por sobre todo, la idea de “blanquitud”. Este último concepto refiere a que el folclore, así como otras de nuestras prácticas culturales, tienen como base fundamental una nacionalidad blanca argentina que niega las identidades norteñas de rostros morenos y ojos rasgados. Un tipo de superioridad no sólo hacia el indígena, sino también hacia el homosexual no blanco.
 Por esto, el deseo de Maximiliano de disgustar, de moverse, de decostruir parte justamente de llamar la atención, voltear la mirada a lo diferente, y dejar de negar realidades en un país tan diverso en cuanto a sus identidades étnicas y sexuales. En este caso, el baile nos interpela a sacudir una colonialidad aún presente en América latina: la blanquitud, aquella que además de negar identidades, niega orígenes y tierras propias que están siendo explotadas.
El baile como práctica cultural y artística propia de nuestras identidades es la forma que encuentra Maximiliano para derribar estereotipos. Se trata de una danza que se libera de formatos preestablecidos, y se permite el proceso de desnaturalización para crear otras realidades, a las que Maxi llama reales y no discursivas, simbólicas y folclóricas que nos hagan “parecer” una sociedad que evoluciona.
Teniendo en cuenta lo que pudimos analizar en las lecturas y el corto documental, queremos realizar una breve referencia sobre el movimiento feminista, una realidad emergente en América latina. En estos días se pudo ver como comenzó a “disgustar” el baile de un grupo de mujeres que a través de una canción denuncian una sociedad patriarcal que asume culpabilidad en las victimas de violación, y no en el violador. El movimiento y las voces de las mujeres nos interpelan, nos cuestionan, nos despiertan. Nos dicen eso que como sociedad siempre supimos, o que ya es hora de entender desde la realidad, y no solo desde el discurso. Como en el caso de Bartolina, en esta oportunidad una manifestación del arte callejero es vehículo para disgustar, para movilizar para decir a viva voz que la ferocidad de las “verdades” con las que crecimos se pueden deconstruir, desnaturalizar, y volver a crear.



















El poder de la estereotipación frente a la diversidad cultural.

En el mundo, y específicamente en América Latina existe una gran diversidad étnica que en muchos casos no se reconoce, ni se da lugar a un aprecio “real” de la identidad cultural. Esta realidad tiene que ver con los estereotipos, que reducen la gente a unas características básicas, esenciales que son representadas como fijas por parte de la naturaleza, esto se relaciona con la construcción de “otredad y exclusión” y el poder hegemónico.

El mundo es entendido en estos términos, por medio de referencias de objetos, gente o eventos individuales hacia los esquemas de clasificación generales en los que, de acuerdo con nuestra cultura, encajan. Maximiliano Mamaní, creador de su propio personaje Bartolina, habla del término “blanquitud” que niega a las personas indígenas de su país, y en su caso, a los homosexuales no blancos. Él, como muchas personas de culturas diversas, se siente excluido, al margen de los estereotipos impuestos por la sociedad.
La estereotipación divide lo normal y lo aceptable de lo anormal y de lo inaceptable, es decir, excluye y expulsa todo lo que no encaja y es diferente.
Dyer argumenta que un sistema de estereotipos sociales se refiere a lo que está por dentro y fuera de los límites de la normalidad [es decir, la conducta que se acepta como ‘normal’ en cualquier cultura]. Los tipos son instancias que indican aquellos que viven de acuerdo con las reglas de la sociedad (tipos sociales) y aquellos designados para que las reglas los excluyan (estereotipos). Por esta razón, los estereotipos son también más rígidos que los tipos sociales [...] Los límites […] deben quedar claramente delineados y también los estereotipos, uno de los mecanismos del mantenimiento de límites, son característicamente fijos, inalterables, bien definidos (Dyer 1977: 29).
Otro rasgo de la estereotipación es su práctica de “cerradura” y exclusión. Simbólicamente fija límites y excluye todo lo que no pertenece.
La estereotipación es, en otros términos, parte del mantenimiento del orden social y simbólico y tiende a ocurrir donde existen grandes desigualdades de poder. El poder es dirigido contra el grupo subordinado o excluido. Un aspecto de este poder, de acuerdo con Dyer, es el etnocentrismo: “la aplicación de las normas de la cultura de uno a las de otros”
En suma, el estereotipo es lo que Foucault llamó una especie de juego “saber/poder”. Clasifica a la gente según una norma y construye al excluido como “otro”.
Como observa Dyers, el establecimiento de la normalidad (es decir, lo que se acepta como “normal”) a través de los tipos y estereotipos sociales es un aspecto del hábito de gobernar a grupos, de intentar formar toda la sociedad de acuerdo con su propia visión del mundo, su sistema de valores, su sensibilidad y su ideología. Tan correcta es esta visión del mundo para los grupos dominantes, que la hacen aparecer (como en realidad les parece a ellos) como ‘natural’ e ‘inevitable’.
El estereotipo es una forma de representación que niega la diferencia, se niega al “otro”, su identidad, su cultura, su color de piel, su orientación sexual.
Lo que se le niega al sujeto colonial, tanto en su papel de colonizador como en el de colonizado, es esa forma de negación que da acceso al reconocimiento de la diferencia. Es esa posibilidad de diferencia y circulación la que liberaría al significante de piel/cultura de las fijaciones de tipología racial, analíticas de sangre, ideologías de dominación racial y cultural o degeneración.
Así como Maximiliano/ Bartolina, gran parte de la sociedad está empezando a sacudir los esquemas de la colonialidad presente en América Latina.
“Incomodar” es crear otras realidades, hacerse sentir y escuchar, que se empiece a reconocer la diversidad, dar lugar a lo que por razones de dominación y poder se considera periférico y fuera de los estereotipos sociales.